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Pedir opinión sobre todo te deja sin brújula interna

Buscamos validación externa en cada paso: qué hacer, cómo verse, en qué trabajar. Pero cada vez que delegamos el juicio en otros, apagamos un poco más nuestra capacidad de confiar en nosotros mismos.

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Por Admin5 min de lectura
Imagen de stock (placeholder) para "La trampa del feedback: por qué buscar validación externa te aleja de confiar en vos"
Imagen de stock (placeholder) para "La trampa del feedback: por qué buscar validación externa te aleja de confiar en vos"

Hace poco alguien me contaba que antes de enviar un mensaje importante por WhatsApp, le pedía a tres amigos que lo leyeran. No porque el mensaje fuera complicado, sino porque necesitaba estar seguro de que "estaba bien". Pasaba lo mismo con sus decisiones laborales, sus planes de fin de semana, hasta con lo que comía en un restaurante.

Reconocible, ¿verdad? Vivimos en la era de pedir feedback sobre todo. Y está bien consultar, está bien escuchar otras perspectivas. Pero en algún momento, sin que nos demos cuenta, cruzamos una línea: dejamos de preguntar para aprender y empezamos a preguntar para que otros nos den permiso de existir.

La epidemia silenciosa de la validación externa

El feedback se convirtió en lo que antes era la bendición del cura. Un ritual que supuestamente nos protege de cometer errores. Pero acá está el quilombo: cada vez que buscás validación externa en lugar de escucharte a vos mismo, estás entrenando tu cerebro para desconfiar de tu propio criterio.

No es que la opinión ajena sea mala en sí. El problema es la *frecuencia* y la *urgencia* con la que la buscamos. Necesitamos feedback de nuestro jefe, de nuestros amigos, de internet, de desconocidos. Colgamos una foto y refrescamos la pantalla esperando likes como si fueran oxígeno. Tomamos una decisión y antes de implementarla, consultamos con media humanidad.

Lo que pasa es que cada consulta, cada validación que buscamos, es un voto de desconfianza hacia nuestra propia capacidad de discernimiento. Y tu mente lo nota. Con el tiempo, dejas de confiar en lo que sentís, en lo que pensás, en lo que sabés que es mejor para vos.

Por qué tu opinión sobre vos es la única que importa realmente

Acá viene lo incómodo: nadie vive tu vida. Nadie tiene acceso a toda la información que vos tenés. Tu amigo no sabe cómo te sentís cuando te despiertas, qué presiones tenés en el laburo, qué sueños te mantienen despierto a las tres de la mañana.

Cuando delegás decisiones en otros, estás usando el mapa de alguien más para navegar tu propio territorio. Y todos sabemos que eso no funciona.

Lo que pasa es que las opiniones ajenas tienen un peso falso. Parecen objetivas, lejanas, sabias. Pero en realidad están cargadas del contexto, los miedos y los deseos de quien las emite. Tu amigo que te dice "no hagas ese cambio de trabajo" capaz lo dice porque *él* tiene miedo de cambiar. Tu familia que te aconseja "no confíes tanto en ese amigo" capaz lo dice porque *ellos* tienen dificultades para confiar.

Mientras tanto, tu propia voz —la que sabe qué te hace feliz, qué te agota, qué tiene sentido para tu vida— queda acallada debajo de un montón de opiniones que no son tuyas.

El costo invisible de vivir por aprobación

Cuando hacés todas tus decisiones basado en feedback externo, lo que realmente estás haciendo es construir una versión de vos que le cae bien a los demás. Y esa versión puede ser muy funcional, muy pulida, muy aceptada. Pero no es auténtica.

El costo es sutil pero profundo. Empezás a perder contacto con lo que realmente querés. Con el tiempo, ni siquiera sabés qué te gusta sin consultar antes qué opinan otros. Perdés ese instinto, ese *gut feeling* que es tu mejor brújula.

Y acá está lo más injusto: aunque hagas todo según lo que otros te dijeron, nunca va a sentirse completamente bien. Porque en algún nivel, tu cuerpo sabe que no fueron *tus* decisiones. Que dijiste que sí a algo que tu interior decía que no. Y eso genera una fricción constante, una sensación de no ser del todo genuino.

Cómo empezar a confiar en tu propio juicio

Primero, tenés que hacer el experimento. Elegí algo pequeño en lo que normalmente pedís feedback: qué ropa ponerte, qué película mirar, qué comer. Simplemente decidí vos solo. No consultes. Observá qué pasa en tu cuerpo cuando tomás esa decisión sin validación externa.

Después, practicá escucharte antes de escuchar a otros. Cuando tengas que tomar una decisión importante, date un tiempo —aunque sea 15 minutos— en silencio. ¿Qué dice tu instinto? ¿Qué es lo que realmente querés, sin considerar lo que otros esperan? Escribilo, si es necesario.

Tercero, empezá a buscar feedback sobre el proceso, no sobre la decisión en sí. "¿Cómo me viste cuando tomé esta decisión?" es diferente a "¿Vos qué harías?". Uno te da información sobre vos, el otro te da información sobre el otro.

Y lo más importante: aceptá que te vas a equivocar. Que algunas decisiones van a ser malas. Y está perfecto. Los errores propios enseñan mil veces más que los aciertos ajenos.

La libertad tiene un sabor diferente

Lo raro es que cuando realmente empezás a confiar en tu criterio, y tomás decisiones basadas en lo que vos creés que es correcto, algo cambia. No es que de repente todo te salga bien. Pero las decisiones te pertenecen. Los errores te pertenecen. Los aciertos te pertenecen.

Y eso es un lujo que la mayoría de la gente nunca prueba: la sensación de ser dueño de tu propia vida.

No se trata de ignorar toda opinión ajena. Se trata de saber la diferencia entre escuchar —lo cual está bien— y vivir de rodillas esperando que otros te digan si lo que hacés está correcto.

Tu vida es demasiado tuya para vivirla en un focus group permanente. Alguna vez vas a tener que dejar de preguntar y empezar a escuchar lo que vos ya sabés que está bien.

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