16/07/2026
Hacer varias cosas a la vez parece sinónimo de eficiencia, pero la ciencia dice lo contrario: el cerebro no multitarea, alterna. Y cada cambio tiene un costo.
Es viernes a la tarde. Vos estás en una videollamada, con el mail abierto en otra pestaña, el chat del trabajo parpadeando y, por las dudas, el celular boca arriba por si llega algo importante. Te sentís productivo, estás "resolviendo todo a la vez". La realidad es otra: no estás haciendo cuatro cosas al mismo tiempo, estás haciendo una sola cosa mal, cuatro veces.
Esa sensación de eficiencia es, probablemente, la mentira mejor vendida del mundo laboral moderno.
El cerebro no multitarea, hace malabares
La palabra "multitasking" viene de la informática, no de la biología. Los procesadores sí pueden ejecutar múltiples operaciones en simultáneo. El cerebro humano, no. Lo que hacemos en realidad se llama task switching: saltar de una tarea a otra a una velocidad tan alta que da la ilusión de simultaneidad, como un malabarista con demasiadas pelotas en el aire.
El problema es que cada salto no es gratis. Cada vez que el cerebro abandona una tarea para atender otra, tiene que "reconfigurarse": soltar el contexto anterior y cargar uno nuevo. Ese proceso tiene un nombre poco simpático en neurociencia: costo de cambio de tarea. Y ese costo se cobra en segundos que, sumados a lo largo del día, se convierten en una cantidad sorprendente de tiempo perdido.
Estar ocupado no es lo mismo que avanzar
Acá aparece la gran trampa mental. El multitasking genera una sensación física de movimiento: notificaciones, pestañas, mensajes, tareas abriéndose y cerrándose todo el tiempo. Eso activa una especie de subidón de "estoy haciendo cosas" que el cerebro interpreta como productividad.
Pero productividad no es actividad, es resultado. Y ahí es donde el multitasking falla feo: se puede terminar un día entero agotado, con la sensación de haber corrido de un lado a otro sin parar, y sin embargo cerrar menos tareas reales de las que se hubieran logrado enfocándose en una por vez, sin interrupciones.
Es la diferencia entre correr en una cinta y correr una carrera. En ambas te cansás. Solo en una llegás a algún lado.
Los errores no avisan cuando llegan
Hay otro costo, más silencioso todavía: la calidad. Cuando la atención se reparte entre varios estímulos, aumenta la probabilidad de cometer errores, sobre todo en tareas que requieren pensamiento analítico, redacción cuidada o toma de decisiones. El problema es que esos errores casi nunca se notan en el momento. Aparecen después: en el mail que salió con el dato mal, en el informe con un número invertido, en la idea que no terminó de cerrar porque se pensó "a medias" mientras se hacía otra cosa.
El multitasking no solo roba tiempo. Roba profundidad.
El enfoque no es lento, es rendidor
La buena noticia es que la solución no requiere convertirse en un monje ni renunciar a la tecnología. Alcanza con algunos cambios simples pero incómodos al principio:
Trabajar en bloques dedicados a una sola tarea, sin abrir nada más mientras dura ese bloque. Apagar las notificaciones durante esos períodos, aunque genere ansiedad las primeras veces. Y, sobre todo, animarse a decidir conscientemente qué se hace ahora y qué se posterga, en lugar de dejar que todo entre al mismo tiempo por la fuerza de la urgencia.
Ese pequeño cambio de hábito suele traer un resultado contraintuitivo: se termina antes, con menos esfuerzo percibido y con mejor resultado final. El enfoque no hace que el trabajo se sienta más lento. Lo hace más liviano.
El verdadero desafío no es hacer más, es elegir mejor
Tal vez el cambio más importante no pasa por sumar apps de organización, calendarios más prolijos o técnicas nuevas. Pasa por soltar una creencia bastante instalada: que estar ocupado todo el tiempo es sinónimo de valor.
La productividad real casi nunca se parece a la imagen de alguien corriendo con quince pestañas abiertas. Se parece más a alguien tranquilo, mirando una sola cosa a la vez, sabiendo que el resto puede esperar unos minutos más.
Y esa calma, en un mundo que premia la dispersión, es hoy casi un lujo.
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