27/08/2026

La vidriera

¿Estamos usando la IA para pensar mejor o para evitar pensar?

La inteligencia artificial puede ayudarnos a resolver problemas, organizar ideas y tomar decisiones. Pero cuando empezamos a utilizarla para evitar conversaciones incómodas, emociones difíciles o incluso nuestro propio esfuerzo mental, aparece un riesgo menos visible: perder capacidades que solo se desarrollan cuando las ejercitamos.

La IA ya no solo responde preguntas

Durante mucho tiempo utilizamos la inteligencia artificial principalmente para buscar información, resumir textos o resolver tareas.

Pero eso está cambiando. Cada vez más personas recurren a estas herramientas para cuestiones personales: qué responderle a alguien, cómo afrontar una discusión, qué decisión tomar o incluso cómo interpretar lo que están sintiendo.

La comodidad es evidente. Una IA está disponible inmediatamente, no juzga y puede ofrecer una respuesta en segundos.

Y justamente ahí aparece una pregunta interesante: ¿qué pasa cuando dejamos de atravesar por nosotros mismos determinadas experiencias?

Del esfuerzo mental al "alquiler" de capacidades

En los últimos años comenzó a discutirse la llamada deuda cognitiva: cuando delegamos demasiado en la IA tareas que antes realizábamos nosotros, podemos dejar de ejercitar capacidades como razonar, sintetizar, escribir o resolver problemas.

Un experimento publicado en PNAS en 2025 encontró que estudiantes que utilizaron un tutor de IA mostraron una caída en su rendimiento cuando dejaron de contar con la herramienta. La preocupación, entonces, no es solamente que la máquina haga el trabajo, sino que nosotros dejemos de desarrollar la capacidad necesaria para hacerlo.

Ahora aparece otra forma de dependencia

El concepto puede trasladarse al terreno emocional.

Imaginemos una discusión con nuestra pareja. En lugar de hablar con un amigo, reflexionar sobre lo ocurrido o afrontar una conversación difícil, podemos escribirle inmediatamente a una IA:

"¿Qué debería responder?"

La respuesta puede tranquilizarnos. Pero también puede ahorrarnos justamente el proceso que necesitábamos atravesar: entender qué sentimos, escuchar al otro, equivocarnos, explicar lo que pensamos y aprender a manejar el conflicto.

La comodidad puede ser el problema

Una de las grandes ventajas de la IA es que elimina fricciones.

No tenemos que esperar, explicar demasiado ni preocuparnos por incomodar a la otra persona. Podemos consultar prácticamente cualquier cosa y recibir una respuesta instantánea.

Pero algunas experiencias humanas necesitan precisamente de esa incomodidad.

Aprender a mantener una conversación difícil, tolerar la incertidumbre o tomar una decisión sin tener garantías son habilidades que se construyen con práctica.

Una IA puede parecer más empática que una persona

El fenómeno ya está siendo estudiado.

Un metaanálisis de 2025 citado por LA NACION, que reunió 15 estudios sobre apoyo emocional mediante IA, encontró que los chatbots fueron considerados más empáticos que profesionales de la salud en 13 de ellos.

El dato resulta llamativo, pero también plantea una pregunta: si una máquina siempre nos responde de una manera que nos resulta cómoda, ¿qué ocurre cuando dejamos de buscar el punto de vista de otras personas?

Las relaciones humanas no siempre nos dicen lo que queremos escuchar. Y precisamente por eso pueden ayudarnos a crecer.

Los jóvenes también tienen dudas

La preocupación no parece limitarse a especialistas.

Un estudio realizado por Gallup, Wharton y Walton Family Foundation entre más de 2.500 jóvenes de 18 a 28 años encontró que el 79% teme volverse más perezoso por utilizar IA y el 62% teme volverse menos inteligente.

Es decir, el temor no está solamente en que la tecnología se equivoque. También existe el miedo a que nosotros dejemos de ejercitar determinadas capacidades.

La pregunta no es si hay que dejar de usar IA

La solución probablemente no sea abandonar estas herramientas.

La inteligencia artificial puede ser extraordinariamente útil para aprender, organizar información, generar alternativas o ayudarnos a pensar desde otro ángulo.

La diferencia está en quién toma finalmente el control del proceso.

No es lo mismo preguntarle a una IA qué aspectos debería considerar antes de tomar una decisión que pedirle directamente que decida por nosotros.

Tampoco es lo mismo utilizarla para ordenar nuestras ideas que pedirle que nos diga exactamente qué sentir.

¿Estamos delegando demasiado?

Una buena pregunta antes de abrir una aplicación puede ser:

"¿Estoy usando la IA para hacer algo mejor o para evitar hacer algo que me resulta incómodo?"

Si la respuesta es lo segundo, quizás la herramienta esté solucionando el problema inmediato, pero quitándonos una oportunidad de aprendizaje.

La inteligencia artificial puede convertirse en una de las herramientas más importantes de nuestra época. Pero su verdadero desafío no será solamente aprender a utilizarla, sino aprender cuándo no utilizarla.

Pensar, equivocarse, conversar, esperar, sentir incertidumbre y resolver conflictos son procesos incómodos, pero también son parte de lo que construye criterio, autonomía y vínculos.

La pregunta del futuro quizás no sea cuánto puede hacer la IA por nosotros, sino cuánto estamos dispuestos a seguir haciendo nosotros mismos.

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